(Vivencias de Alemania 2006, o de cualquier otro mundial)
Todo mundial de fútbol es una
fiesta llena de emoción y esperanza, consagrada al que quizás sea el más bello
de los deportes. Aunque también es la mejor oportunidad para que clubes y
representantes pongan en vidriera sus productos, apostando a que la
“performance” de éstos en la copa suba su cotización en la bolsa de ventas,
préstamos o alquileres, donde una cantidad indefinible de actores como el que
compra, el que vende, los respectivos “sponsors”, “managers”, clubes, y demás
intermediarios, se repartirán las ganancias de las futuras transacciones.
El resto del espectáculo lo
completa el color. Y las empresas que de uno u otro modo tienen relación con el
fútbol: empresas de la comunicación como canales, televisadoras, productoras,
radios, diarios y revistas; emporios de la indumentaria deportiva; bebidas,
alimentos y todo lo que esté al alcance vender.
Pero en un mundial hay mucho más
que eso, hay pasión, y un premeditado ascenso del consumo de valores
simbólicos. La parafernalia de las industrias publicitaria y de los grandes
medios se confundirán en una. Irrumpirán imponiendo un cambio en la percepción
del mundo, provocando la suspensión del tiempo y la historia de la vida diaria de
la sociedad. No habrá otra noticia que comentar, y no se dejará intersticio
libre por cubrir.
¿Algún habitante quedará fuera de
la gran burbuja nacional?
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